Castro justificó en Guayaquil el asesinato político Por Martín Pallares

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Justificar la muerte de un ser humano en nombre de una causa superior a la vida de una persona es algo común a muchos revolucionarios. Alcanzar la revolución o defenderla siempre fue motivo suficiente para ajusticiar a una persona. Así pensaron Lenin, Stalin, Mao Zedong, Fidel Castro, el Che Guevara o Pol Pot.

Han habido también quienes han formulado exactamente la misma justificación bajo el supuesto de salvar a las sociedades de ciertas amenazas ideológicas. En ese caso están Franco, Hitler, Pinochet, Videla…  Todos han creído por igual que la vida de un ser humano vale menos que sus causas, promocionadas como superiores, y por eso su paso por el poder terminó en genocidios.

Lo que llama la atención es que uno de estos personajes haya hecho la apología del asesinato revolucionario en el Ecuador y que lo haya hecho públicamente durante un discurso. Ocurrió en 1971 en Guayaquil y el personaje fue Fidel Castro, el gigante del siglo XX como lo llamó el presidente Rafael Correa o el hombre que enseñó lo que es la libertad y la soberanía, como dijo Ernesto Samper, secretario de Unasur.

Castro se hallaba de paso en el Ecuador invitado por el entonces presidente José María Velasco Ibarra y de regreso de Santiago, donde Salvador Allende había sido elegido presidente de Chile. Luego de su encuentro con Velasco Ibarra, Castro pronunció un discurso en el que trazó las líneas ideológicas según las cuales se justifica asesinar a una persona. De la lectura del discurso y de las crónicas que se han escrito sobre el encuentro, se colige que Velasco Ibarra pidió a Castro que explique los fusilamientos ocurridos en Cuba desde 1959, año en que triunfó la revolución cubana. Según Castro no se sacrificó la vida de un solo ser humano que valiera la pena. No fusiló a pobres ni a gente honrada. Se fusiló a asesinos y “no nos arrepentimos de nada”, dijo entonces Castro.

Aquí reproducimos la parte del discurso en el que Castro habló de los fusilamientos en Cuba:

“No tenemos ni la más remota intención de negar que en nuestro país los tribunales revolucionarios han fusilado. No tenemos la menor intención siquiera de expresar el menor arrepentimiento, ni rehuir el menor átomo de responsabilidad por lo que nuestro pueblo, en defensa de su soberanía y de su vida, se vio en la necesidad de hacer.

“Se contó la historia de los hombres que fueron pasados por las armas. Pero no eran humildes obreros, no eran campesinos sin tierras, no eran limosneros, no eran santos, no eran sacerdotes, no eran hombres honrados. Eran sencillamente asesinos y asesinos además de la peor especie, que en determinado momento de lucha, durante siete años de combate contra la tiranía batistiana, cometieron las más incalificables fechorías; asesinatos en ocasiones masivos, de 60 y 70 personas; asesinatos de hombres, de mujeres, de niños, de madres; que quemaron decenas y decenas de miles de casas y, en ocasiones, las quemaron con sus moradores dentro de ellas.

“Y no solo eso, no solo fue necesario ajustar cuentas que demandaba el pueblo, porque nosotros dijimos siempre al pueblo:  no queremos venganza, no queremos hombres arrastrados por las calles, no queremos desórdenes, porque los culpables de los desórdenes, los culpables de las vindictas populares son los que preconizan el asesinato y el crimen.  Y nosotros le decíamos al pueblo:  Habrá justicia, por eso no queremos venganza. Y le pedimos al pueblo: cuando la Revolución triunfe, no queremos una casa saqueada, no queremos un hombre ajusticiado por la mano popular, sin juicio, sin pruebas.

“Y desde la guerra ya se establecieron las leyes revolucionarias en virtud de las cuales serían sancionados los asesinos.

“Pero se fusiló no solo a los esbirros de aquella guerra. Nuestro país siguió en guerra durante muchos años. Nuestro país todavía está virtualmente en guerra. Cuando triunfa la Revolución, comenzó entonces otra forma de guerra —experiencias que ha vivido Cuba—:  cientos de infiltraciones de armas y de agentes y espías organizados, entrenados y armados por la CIA; cientos de lanzamientos de armas en paracaídas; organización de bandas armadas contrarrevolucionarias en todas las provincias del país; organización, entrenamiento y planeamiento de ataques exteriores desde bases en Centroamérica, Guatemala, Nicaragua; ataque a nuestra patria con aviones disfrazados con las insignias cubanas, B-26 cargados de bombas que llevaban la bandera cubana pintada en sus alas y en su cola”.

Para ahondar en sus justificativos, Castro entonces recurrió a la historia y puso de ejemplo a Simón Bolívar. Como seguramente Velasco Ibarra habló durante el encuentro del Libertador, Castro dijo: “El Presidente recordaba algunos antecedentes de las luchas por la independencia. Recordaba las luchas de Bolívar. Mientras él hablaba, nosotros recordábamos aquel famoso decreto de guerra a muerte, de guerra total, que llegaba tan lejos como para decir: ‘Españoles, contad con la muerte. Venezolanos, contad con la vida aunque seáis culpable.’ En aquella lucha dura, a muerte, por la independencia, los próceres llegaron mucho más lejos: llegaron prácticamente a sancionar la nacionalidad; era una lucha a muerte”.

Más adelante, Castro empezó a hablar de lo que él consideraba las perversidades del capitalismo, como torturar a una persona que no puede comprar algo con publicidad de determinados productos o alimentar a los niños que mueren de hambre. Para él, esos son los verdaderos crímenes y no los que se cometen en nombre de la revolución cuando se mata a alguien.

“Y eso sí es crimen. De eso es de lo que hay que hablar y no de la justicia revolucionaria que pretende castigar a los que, por defender eso, asesinan y matan sin piedad.  Asesinos despiadados son los responsables de las muertes de ese millón de niños en nuestros pueblos.  Asesinos despiadados son los responsables de las pérdidas de tantas vidas humanas.  Asesinos despiadados son los que reducen la vida del hombre a la mitad:  porque cuando se compara el promedio de vida del país desarrollado, es de 60, 70, y en los otros, 30, 35, 40.  Esos sí son sanguinarios.  Esos sí son asesinos. Esos sí son desalmados”.

Según Cuba Archive, desde el triunfo de Castro 5 600 personas han sido ejecutadas en paredones castristas de fusilamiento y unas 1 200 han sido asesinadas extrajudicialmente. Asesinar a una persona, en nombre de una ideología, no es proteger una causa superior: es asesinar una persona. Lo dijo Castellio a Calvino en el siglo XVI y sigue siendo de una dramática actualidad.

Castro justificó en Guayaquil el asesinato político

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